Soy friolera por naturaleza.
Me gusta el
invierno, como a los Stark.
Por eso,
si vas a darme
tu amor
hazlo en frío,
por favor.
Pero el
otoño...
Es otro nivel.
La brisa
acaricia mi pelo
y el sol ya no
me quema la piel.
Ya sabes
cuánto me gustan las caricias,
- en realidad
no todavía,
pero tienes un
leve conocimiento de causa-
en espalda y
nuca sobre todo.
Aunque tú no
me rozas con las manos.
Lo haces con
palabras
ni siquiera
verbalizadas.
Te leo y
sucumbo,
a ti como al
vértigo.
Los arrector pili se activan.
El grupo
aductor se tensa.
Los extensores
de los dedos de los pies se contraen.
El diafragma
se relaja súbitamente
y se me escapa
un suspiro que quiere ser grito.
Y cómo no,
mientras
los dientes se
hacen cargo del orbicular inferior de la boca,
que sé cuánto
te gusta,
- en
realidad no todavía,
pero tengo un
leve conocimiento de causa-
y sangro.
Rózame.
Acaríciame.
Pálpame.
Arrúllame.
Manoséame.
Abrázame.
Sóbame.
Magréame.
Tócame.
Hazlo con palabras.
El resto acabará asomando.
Felicidades.

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