jueves, 4 de septiembre de 2014

Incendio.

Quería ser tu poetisa.
Tu musa redentora.
Mirarte a los ojos y ver como se escapaban a mis labios rojos,
entreabiertos por el ansia de lo nervioso,
del frenesí que habita en oscuras moradas.
Quería ser tu precipicio.
Esa muralla infinita desde la que suicidarse mientras me entregaba a los sentidos más puros.
Quería ser un desahogo.
El último color por colocar en nuestro cubo de Rubik.
La última película francesa de la historia.
Quería ser tu amplificador de sensaciones.
Ver tu torso y suspirar sobre él,
como un ruego primitivo,
una acción protesta asesina,
un bisturí sanguinario circuncidando tu éxtasis.
Quería ser tu piel.
Un conjunto de entes.
Éter y seda.
Cuerda y caucho.
Proporcionarle cianuro al reloj.
Que el tiempo agonizara entre mis gemidos y los latidos de tu yugular.
Que los mortales nos observaran desde el sumidero mientras emanábamos humo y nos consumíamos en ascuas opalinas.
Sigo queriendo gritar tu nombre con lágrimas en las mejillas.
Sigo queriendo ser tu entropía.




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