Aún así, te oigo gritar.
Aún así, me ves llorar.
Aún así, corremos.
Aún así, nos desquiciamos.
Aún así, duermo.
Aún así, duermes.
Mi lugar favorito en el mundo.
Aún así, te miro.
la muerte.
Voy a hablarte desde el lodazal, desde lo más profundo de este pozo.
La pelea se está librando ahí arriba. Escucho los gritos. De vez en cuando me caen gotas de sangre. No quiero ir.
Esa lucha no es la mía. El barro me está atrapando y cuánto más fuerte intento salir a ayudar, más me acerco al magma.
No quiero seguir luchando. Quiero subir al campo de batalla y perder. Necesito que, en cuanto se asome mi cabeza, un tiro me atraviese frontal y occipital. Sangrar todos mis demonios.
Liberarme.
Perder.
Morir.
Quiero que me quemen en una pira vikinga. Que toquen cornetas y la gente se emborrache mientras me ven arder.
Que quede menos de mí de lo que soy ahora mismo.
Un quartz.
Una pequeña ratona cuántica.
Que cuando el humo de mi alma empobrecida se haya disipado, prosiga la guerra.
Que vuestros fluidos nutran la tierra.
Mírame.
Estoy desnuda ante ti, después de todo este tiempo.
Los brazos que me tendiste siguen abiertos y me encierro en ellos condenada a cadena perpetua.
Quise salvarme tantas veces antes que ya creía imposible volver a estar cuerda.
Y desde allí,
desde el abismo más profundo,
prometí y juré que jamás me mentiría de nuevo, que curaría mis heridas en lugar de que siguieran infectándose con una ponzoña a la que sólo podría vencer la cicuta,
asumí que mía era la causa, la culpa, la verdad y los actos,
y desde ahí, desde el lugar al que nombraron averno, regresé.
Olvidé mi ser, quién era y en qué creía. Borré cualquier rastro del ente que fui con un único propósito.
Vivir.
No puedo asegurar que lo haya conseguido porque seguimos enzarzados en esa lucha sin fin, pero al menos he cumplido una gran parte.
Al menos soy libre.
Te hablo a ti desde el borde del acantilado, sólo para que sepas que existo,
que existes,
que el mero hecho de respirar sobre mi nuca le da valor a cada nuevo día.
Puedo repetir frases, actos, gestos e incluso sueños.
Sin embargo, prefiero esperar a que amanezca.
Mientras tanto, sueña.
Pero mañana,
mañana mírame,
porque seguiré desnuda ante ti.
"¿Después de todo este tiempo?"
"Siempre".
Esto no es un texto, son meras pretensiones.
Voy a cuidarte.
Pase lo que pase, lo prometo.
Me encanta y te lo debo.
Quiero que seas feliz y duele ver que no es así.
Que no puedo hacer nada para cambiarlo.
No voy a hacerte daño.
Te juro que, aunque me esté muriendo, nunca te haré sufrir.
A ti, que me has sanado.
Te abrazaré, te besaré y te veré dormir.
Intentaré protegerte del dolor y, como siempre, acabaré perdiendo.
Perdida.
Pero no puedo -ni quiero- hacer otra cosa.
Suscribo tus palabras como un credo en el que dejo la cordura y parte de la vida, pero es que no puedo entenderlo de otra forma.
No puedo implorar a los dioses que el cielo comience a manar sangre en vez de lluvia.
No puedo pretender embotellar la tramontana para bebérmela en mi ansiedad.
No puedo hacer que crezcan flores de cerezo en los pinos ni que los crisantemos huelan a rosas.
No puedo pedir que los perros vuelen, que las avestruces naden y que los tiburones pasten en los prados.
No puedo conseguir que nieven granos de café.
Solamente puedo aceptar la naturaleza de las cosas, saber que nada va a cambiar aunque la muerte me lleve.
Saber que siempre seré minúscula en tus ojos y un juguete en tus rodillas.
Quiero dejarlo todo como está,
protegiéndome.
Por eso creo.